“Cuando tú apenas empiezas a despertar del letargo,

yo ya estoy casi renaciendo del dolor”benching-desnuda--high

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Friendship.

Sin darnos cuenta se nos están escapando hoy de las manos

todos aquellos pedazos de nuestro pasado construido,

rememorándolo, evocarlo se siente como algo ajeno, casi sombrío,

pero sigue flotando en el aire la magia de lo que en aquel tiempo vivimos,

¿o fue algo soñado?- quién sabe, pero desde luego que fue confuso.

Nos refugiamos, naufragamos, fuimos combativos,

Y brindándonos apoyo mutuo luchamos por lo que creímos, juntos.

Vivimos con intensidad la amistad desde el inicio,

desde el concepto de la eternidad,

pero se nos marchitó con el paso de los años,

se ahogó en apenas unos charcos, quedándonos el vacío.

Y de pronto un crujido se escuchó por todos lados,

se había resquebrajado algo,

acababa de morir de llanto.

Atravesando el campo de la incertidumbre llegamos al otro lado

y mirando desde lo alto,

sentimos el aguijón de la traición asomándose entre el esparto.

¿Cómo habíamos podido?,

¿qué nos había pasado?,

No, no podía estar pasando.

Pero sí estaba pasando…

Y entonces nos alcanzó olvido,

el olvido nos tenía que acabar llegando, claro, pero se retrasó más de lo que creímos,

quizás porque no había forma de agarrar el recuerdo y borrarlo, lo habíamos sentido,

había sido demasiado real como para matarlo.

Seguir respirando,

ese era el siguiente paso.

Y lo logramos, sí que lo logramos,

llegamos al final casi como al principio,

pero ya no éramos lo mismo, habíamos cambiado demasiado.

Reinicio…

nos reiniciamos perdonando, eso seguro

templando el corazón de aquel tiempo infinito

de vivencias, del mano a mano,

con mimo, con cariño.

Al fin y al cabo habíamos sido como hermanos.

¿y había merecido la pena tanto llanto?

desde luego que sí, así había sido,

pero seguía siendo triste no haber cerrado aún este capítulo.

Quizás algún día nos llegue el instante de hacerlo,

o quizás no, y acabemos por encontrarnos en el camino,

donde quizás no sabremos qué decirnos,

o dónde quizás por fin nos diremos todo lo que entonces no pudimos.

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Ingres.

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Hablemos de Ingres…

Hoy inauguro la sección Hablemos de Arte” en el blog, analizando la obra del pintor academicista francés del siglo XIX, Jean-Auguste-Dominique Ingres (1780-1867) 

He decidido comenzar con él, porque considero que de todos los pintores del siglo XIX, Ingres es una de las figuras más importantes del Neoclasicismo/Romanticismo junto con pintores de la talla de Géricault, Delacroix o Turner. Y sin embargo, seguramente, éste sea mucho menos conocido que estos últimos. A ver si con esta entrada consigo que os pique la curiosidad y os acerquéis aunque solo sea un poquito a su obra 😉

Ciertos críticos no ven con muy buenos ojos etiquetar su obra al considerar a Ingres un pintor que escapa a toda clasificación; un creador que posee una personalidad muy marcada, y que hizo de sus encargos auténticos trajes a medida. Sin embargo, por otro lado, sí existen algunos eruditos a los que les parece conveniente clasificar su pintura dentro de la vertiente del Academicismo.

El Academicismo, es una corriente artística que se desarrolló en Francia a lo largo del siglo XIX y que promovía la formación clásica de los jóvenes artistas en la Academia de Bellas Artes de París, dedicándose a enseñarles y ensalzar los modelos de la antigüedad grecorromana, y sobre todo, a difundir las influencias de la arqueología clásica hallada en esos momentos en ciudades como Pompeya y Herculano, que o bien se conocían a través de viajes realizados a Italia, o bien se conocieron a través de los grabados y dibujos de las ruinas que se realizaron por parte de autores como Piranesi.

A través de los valores de la Ilustración, como eran: la racionalidad, la medida, el civismo y el patriotismo, los artistas realizaron sus obras siempre respetando el gusto que marcaba la Academia y lo que demandaba, por supuesto, la clase social imperante en el momento, la burguesía y su mercado.

A Ingres se le incluye dentro del Neoclasicismo esencialmente por su formación, por ser un continuador de la deuda que había dejado su maestro Jacques-Louis David en la pintura francesa del Neoclasicismo, pero tanto por edad como por experimentación en la técnica, el pintor siempre quiso trascender los preceptos académicos de sobriedad y medida, y de hecho llegó a conseguirlo. Sin embargo, esto no debe confundirnos, ya que nada tenía que ver su pintura con la perspectiva que habían tomado los artistas románticos del momento de ruptura total con el clasicismo y con esas ansias de libertad y de búsqueda de inspiración hacia referencias de la cultura medieval. A Ingres no le interesaba lo más mínimo el componente ideológico reivindicativo, sino simplemente el valor de la representación.

Existen numerosas influencias que se dejaban asomar, en muchas ocasiones, en sus composiciones, como por ejemplo: la del uso de la monumentalidad en los cuerpos de los personajes de sus cuadros a la manera miguelangelesca y del alargamiento del canon de los cuerpos por influencia del manierismo, el uso de colores vibrantes propios de la escuela veneciana, la influencia de Rafael de Urbino en el retrato, todo esto siempre englobado dentro de un marco clasicista de simetría y orden, del predominio del dibujo sobre el color, del uso de la línea sinuosa, de una pureza de formas, y de pulidos acabados, donde las formas geométricas básicas predominantes continuaban siendo el triángulo (pirámide), la línea paralela y, en ocasiones, también la línea diagonal.

Las tipologías pictóricas que acuñó fueron: la de la pintura de historia, la pintura mitológica y la de la pintura de retrato, aunque también realizó algunas obras paisajísticas, al quedar fascinado con los cuadros de Constable y la escuela paisajística inglesa.

Ingres conocía las lecturas clásicas y también las contemporáneas y buscó inspiración en ellas, así como en lo exótico y orientalizante que era tan del gusto de algunos artistas románticos. Este tema se escaparía a lo que por líneas generales la Academia consideraba clasicista, aunque con algunas reservas; y sin embargo, a Ingres llegó a obsesionarle el tema de retratar el desnudo femenino de tipo orientalizante hasta casi el final de su vida.

Pero es en la representación de los diferentes personajes, en los aspectos psicológicos, donde la personalidad del pintor sale a relucir; era un autor extremadamente técnico, muy minucioso, e incluso inflexible con algunos de sus discípulos en cuanto al uso de la técnica, sin embargo, por otra parte, era muy expresivo y muy personal en cuanto a lo que quería mostrar o expresar con sus obras, y se daba la libertad suficiente para llevarlo a cabo. De Ingres, artistas posteriores destacarían el valor que le daba a la mirada, y cómo conseguía que detrás de un cuadro de aparente actitud comedida pudiese existir todo un enigma.

Algunas de sus obras más importantes:

Jean-Auguste-Dominique_Ingres_-_La_Baigneuse_Valpinçon

“Bañista de Valpinçon”

(1808- Museo del Louvre, París) 

Óleo sobre lienzo de tema orientalista, de líneas sinuosas, dibujo exacto y pureza de formas. Representa a una mujer bañista desnuda de espaldas, con motivos arabescos propios como el uso del turbante. La composición destaca por la monumentalidad del cuerpo de la mujer, que es el que predomina en espacio dentro del cuadro; en el tratamiento de las extremidades, y en cómo usa la iluminación para darle mayor presencia a la acción que al resto de elementos.

Júpiter_y_Tetis,_por_Dominique_Ingres

“Júpiter y Tetis”

(1811- Museo Granet, Aix-en-Provence) 

Óleo sobre lienzo de tema mitológico, Ingres se inspira en el tratamiento del mito de Zeus y la Nereida Tetis, que hace Homero en el primer canto de su Ilíada. El mito cuenta como Tetis, atendiendo la demanda de su hijo Aquiles, suplica a Zeus (Júpiter) para que haga vencer a los troyanos y proteja así a su hijo. Este cuadro no gustó demasiado a la Academia, ya que rompía un poco con las proporciones que el clasicismo buscaba conseguir representar, sin embargo, Ingres presenta a Júpiter como Dios entronado, de forma monumental evidente. Tanto el acabado pulido como el predominante uso del dibujo sobre el color la sitúan dentro del estilo académico propio del autor.

Jean_Auguste_Dominique_Ingres_-_The_Grand_Odalisque_-_WGA11841

“La Gran Odalisca”

(1814- Museo del Louvre, París)

Óleo sobre lienzo de tema orientalista, Ingres pinta a una mujer desnuda de espaldas, girando el rostro hacia el espectador. Este cuadro fue encargado por Carolina, la hermana de Napoleón y reina de Nápoles como un pendant, este es un cuadro que forma pareja con otro, en este caso otro desnudo. Se expuso en el Salón de París de 1819. El uso del alargamiento del cuerpo como canon estético se lo debe a la influencia manierista, la dulzura del rostro a Rafael de Urbino, y el tratamiento de las telas y el uso de colores vibrantes a los venecianos. Sin embargo, el clasicismo siempre asoma en sus obras, y se puede ver en la minuciosidad del trazado, en los colores pulidos, en la forma de la composición.

Jean_Auguste_Dominique_Ingres,_Apotheosis_of_Homer,_1827

“La Apoteosis de Homero”

(1827- Museo del Louvre, París)

Ingres recibió numerosos encargos a lo largo de su carrera como pintor. En 1826 recibió el de realizar la decoración del techo de la “Sala de Clarac” del Museo de Carlos X (luego Museo del Louvre) y para ello realizaría “La Apoteosis de Homero”, una obra muy elaborada que surgió de un detenido estudio y para la que contó con la colaboración  de expertos arqueólogos para su consulta, y de algunos de sus discípulos para su creación.  En ella aparecen los artistas más y literatos más representativos de la cultura universal presididos por un Homero laureado que acoge esa variada galería de creadores. Concebida como un cuadro vertical que luego se despegó del techo, esta obra es quizás, y dicho por el propio Ingres: “la obra más bella e importante de mi vida artística”. Estilísticamente, se trata de un óleo sobre lienzo de enormes dimensiones, de clara influencia clásica y de aspecto monumental. El grupo central está inspirado en el relieve: “la apoteósis de Homero” de Arquelao de Priene (siglo III a.C.) conservado en el British Museum de Londres;  y también con claras referencias a Rafael de Urbino y su “Escuela de Atenas”, y a la obra de A.R. Mengs de “El Parnaso”. La composición del cuadro es de estructura piramidal, en el centro del mismo se sitúa el laureado Homero y alrededor de él se sitúan el resto de personales de la acción. El tratamiento de los colores es algo novedoso respecto al estricto clasicismo de la época, denota mayor libertad y conocimiento, tanto de la teoría de la complementariedad, como del valor simbólico del mismo. Sin embargo, el tratamiento de los rostros sigue siendo algo frío y comedido lo que nos sitúa aún en una etapa académica del artista.

“El Baño Turco”

(1862- Museo del Louvre, París) 

Óleo sobre lienzo de tema orientalista. Sin duda su obra más famosa. La realizó casi al final de su vida, con la madurez y la experiencia artística que le otorgó el paso del tiempo y el conocimiento de otros maestros románticos europeos. Posee resonancias clásicas, pero las figuras de desnudo femenino están inmersas en un ambiental oriental de evidente sabor romántico, y se confunden entre sí formando un complejo y sinuoso arabesco. Hay una fuerte carga de sensualidad potenciada por la atmósfera, cálida y vaporosa, y por el contraste de los cuerpos pálidos con las escasas notas de color intenso. Destacar, tal y como ya hizo en la realización de sus cuadros de desnudos femeninos anteriores su gusto por la deformación o el alargamiento anatómico al modo manierista. El uso de la expresividad sigue siendo ciertamente comedido a pesar de la marcada sensualidad y el modelo de mujer representado es similar al que realizó para otras composiciones, de hecho en el primer plano del cuadro, la mujer que sostiene un instrumento musical y que porta el turbante, es cuasi idéntica a la modelo que retrató para “La Bañista de Valpinçon”.

Habitando el susurro.

“Tu corazón está más enfermo que mi cerebro,

y no puedo seguir ligado a él si sigue así de ciego.

No puedes ver como es, claro, porque no puedes mirar hacia adentro,

tal como yo tampoco puedo ver todo lo que hay de honesto aquí en lo nuestro.

Pero no deja de ser lo mismo visto desde otros espejos,

tú no puedes sentir, y yo soy incapaz de ver que no hay más que esto.

Un “dejémoslo así” hoy no nos va a decir mucho,

porque aunque evocásemos lo que fue,

siguiésemos así,

o esto evolucionase en algo distinto,

es igual, nos está dejando sin aliento.

Un “dejémoslo así” ahora quizás solo signifique lo que ya ha hecho,

dejar de existir existiendo.

Porque un tú y yo ha dejado de existir existiendo,

morimos antes de empezar de nuevo, de hecho.

No puedo verlo todo feliz, porque pende de un hilo,

y hace ya tiempo que soy precavida antes de acabar cayendo.

Contigo parece que todo signifique acabar perdiendo,

estando o dejando de estar, amando o dejando de amar,

y no seré yo la que busque la desconexión absoluta, no es lo que siento,

pero conforme más me voy queriendo yo, menos voy queriendo esto.

“Nunca te dejaré solo” se podría grabar en mi epitafio eterno,

si sigo así igual puede que algún día se convierta en realidad si no hago algo al respecto.

Intentar que lo entendieras era todo lo que necesitaba en el pasado,

pero ahora ya para qué, no tiene demasiado sentido hablarle a un árbol.

No voy a dejar de luchar o de soñar, que para mí es lo mismo,

porque por mucho que me arrepienta de muchas cosas estoy en paz conmigo.

Ya no espero nada te lo aseguro, no estoy tan ciega,

pero ojalá algún día caigas en que hubo quien estuvo ahí aunque no te dieras cuenta.

Todo me suena a despedida cuando tiene que ver contigo,

y nunca he sabido despedirme, ni siquiera cuando mi felicidad dependía de ello.

No te diré hasta luego, no te diré adiós, pero en mi corazón ya no habitamos, ya no

y el hasta luego es solo un susurro lejano que en el aire quedó,

Y como buen susurro lejano a veces oírlo es costoso,

a veces creo que me estás llamando a mí, pero caigo en que fue solo el viento,

o a momentos sé que me estás llamando pero el susurro ya se nos ha convertido en eco,

y de qué nos serviría mantenerlo…

¿acaso es que lo hacemos?”

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Piscis.

Navega continuamente posando su mirada en la luna,

bajando de ésta a tierra para ver su reflejo en el agua.

Consciente siempre de la belleza,

y de las posibilidades que entraña soñar despierto todo el día,

a menudo se muestra perezoso de enseñar lo que esconde tras su enigma.

Pareciese que no necesitase ver para ver,

y es que aunque fuera difícil de creer, así es;

con los ojos cerrados puede intuir que va a cambiar y que va a permanecer,

aunque luego acabe decidiendo no mover ficha.

Todo (in)fluye en su vida, así como también fluye su imaginación;

ahora la calma se apodera de la habitación,

pero no del corazón, que está en llamas;

y con cada pequeño destello de pasión ten por seguro que puede crear la mayor cosa jamás creada.

¿Le basta entonces sentir la fantasía para vivir, o quizás vive en ella cuando

le cuesta vivir la vida cotidiana?,

buena pregunta:

todo indica que aunque la huida le suene bien, con su idealismo lucha,

pues desde abajo puede verlo todo mejor y cambiarlo por hacerlo un poco más justo,

para que le sea más fácil sobrellevarlo,

poco o nada le gusta el conflicto.

Y por nada en el mundo lucharía contra aquello que no le inspirase amor,

porque es con él, sin duda, cómo se siente mejor;

por ésto es que todo el tiempo le está envolviendo ese halo de satisfacción,

por saber que el amor está en todos lados, y que nunca le abandona esa sensación.

Es síntesis, pero también dualidad antagónica,

se debate perpetuamente entre el yin y el yang,

entre lo que esconde y lo que muestra,

y entre lo que construir y lo que derribar.

Pero es quizás porque conoce tan bien las dicotomías

que sabe asumir con entereza los cambios en su vida.

Seguramente le llegues a ver feliz aunque en el fondo esté triste,

pues sabe que ha de seguir aunque ahora esté siendo difícil.

Y puede también que con su ensoñación parezca estar ausente,

pero créeme que les bastará un segundo en que le demandes amor para estar presente.

Ayudará al prójimo si se presenta la ocasión,

pues así es como haya su propio valor.

Viviendo por y para el romanticismo,

el romanticismo trasciende los principios establecidos;

pues no es convencionalmente como entiende el mismo.

Muchos confunden su ternura con infantilismo,

cuando no saben cuán intenso puede ser

y cuanta visión de realidad alberga su mundo.

Sensual por naturaleza, fundiría su llama con el universo si llegase a hacer falta;

tremendamente sencillo disfrutará de cada estímulo si se le presenta,

sin duda alguna su hipersensibilidad te hará distinguirlo a simple vista,

y no con el tiempo, no hará falta, sino nada más hacer acto de presencia.

Mirará todo con eternos ojos de niño, aunque por dentro posea un alma vieja,

pues está curtido por los reveses de la vida

y por todo lo que aprendió de ella.

Individuo raro hoy en día, sin duda

quizás pueda sentirse perpetuamente a contracorriente,

pero no por ello renunciará a ser quien es,

tiene clara su valía.

Pececillo de colores que nada en un mar en blanco y negro,

en direcciones opuestas unidas por un mismo hilo conductor:

el de reiniciar(se) una y otra vez si se requiere;

recordándo(le) al mundo que reinventarse está bien,

y que nada cambia si nada evoluciona.

Sacando a la gente de las costumbres,

les permiten cuestionarse a sí mismos,

para que descubran así otros caminos hacia el crecimiento,

para que descubran así otros caminos hacia su espiritualidad propia;

seguramente ésto pase a la vez que se esté recordando lo importante que es para sí permanecer conectado al suelo,

y que también en lo cotidiano puede hallar felicidad, aunque a veces sea incapaz de verlo.

Piscis, pececillo de colores que nada en direcciones opuestas,

la contradicción inunda tu existencia,

y sin duda alguna, aunque lo omitas, ese será por siempre el alma máter de tu esencia.

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