La Cicatriz.

“Anoche rocé sin querer la cicatriz que tengo en el cuello, y empecé a llorar sin remedio.
Cuando me operaron me quedó esa marca que siempre me había empeñado en ocultar bajo capas y capas de ropa.
Me incomodaba verla reflejaba en el espejo cada vez que me duchaba.
Entonces recordé cuando, por fin, volviste después de tanto tiempo, y tan sólo la miraste, sin ningún complejo.
Me acariciaste la cara y me diste un beso desde el inicio hasta el final del cuello.
No te importó lo más mínimo, casi la rodeaste con las yemas de tus dedos. 
Y no, no te importó en ningún momento que aquella huella de mi pasado estuviera ahí,
casi hiciste de ese instante una oda a la imperfección de la belleza sin que realmente afectase.
Siento volver a nombrarte, pero espero que quien llegue lo haga igual de bien que tú y me enseñe a valorarlo todo sin importar las huellas del paso del tiempo”. 

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