Ingres.

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Hablemos de Ingres…

Hoy inauguro la sección Hablemos de Arte” en el blog, analizando la obra del pintor academicista francés del siglo XIX, Jean-Auguste-Dominique Ingres (1780-1867) 

He decidido comenzar con él, porque considero que de todos los pintores del siglo XIX, Ingres es una de las figuras más importantes del Neoclasicismo/Romanticismo junto con pintores de la talla de Géricault, Delacroix o Turner. Y sin embargo, seguramente, éste sea mucho menos conocido que estos últimos. A ver si con esta entrada consigo que os pique la curiosidad y os acerquéis aunque solo sea un poquito a su obra 😉

Ciertos críticos no ven con muy buenos ojos etiquetar su obra al considerar a Ingres un pintor que escapa a toda clasificación; un creador que posee una personalidad muy marcada, y que hizo de sus encargos auténticos trajes a medida. Sin embargo, por otro lado, sí existen algunos eruditos a los que les parece conveniente clasificar su pintura dentro de la vertiente del Academicismo.

El Academicismo, es una corriente artística que se desarrolló en Francia a lo largo del siglo XIX y que promovía la formación clásica de los jóvenes artistas en la Academia de Bellas Artes de París, dedicándose a enseñarles y ensalzar los modelos de la antigüedad grecorromana, y sobre todo, a difundir las influencias de la arqueología clásica hallada en esos momentos en ciudades como Pompeya y Herculano, que o bien se conocían a través de viajes realizados a Italia, o bien se conocieron a través de los grabados y dibujos de las ruinas que se realizaron por parte de autores como Piranesi.

A través de los valores de la Ilustración, como eran: la racionalidad, la medida, el civismo y el patriotismo, los artistas realizaron sus obras siempre respetando el gusto que marcaba la Academia y lo que demandaba, por supuesto, la clase social imperante en el momento, la burguesía y su mercado.

A Ingres se le incluye dentro del Neoclasicismo esencialmente por su formación, por ser un continuador de la deuda que había dejado su maestro Jacques-Louis David en la pintura francesa del Neoclasicismo, pero tanto por edad como por experimentación en la técnica, el pintor siempre quiso trascender los preceptos académicos de sobriedad y medida, y de hecho llegó a conseguirlo. Sin embargo, esto no debe confundirnos, ya que nada tenía que ver su pintura con la perspectiva que habían tomado los artistas románticos del momento de ruptura total con el clasicismo y con esas ansias de libertad y de búsqueda de inspiración hacia referencias de la cultura medieval. A Ingres no le interesaba lo más mínimo el componente ideológico reivindicativo, sino simplemente el valor de la representación.

Existen numerosas influencias que se dejaban asomar, en muchas ocasiones, en sus composiciones, como por ejemplo: la del uso de la monumentalidad en los cuerpos de los personajes de sus cuadros a la manera miguelangelesca y del alargamiento del canon de los cuerpos por influencia del manierismo, el uso de colores vibrantes propios de la escuela veneciana, la influencia de Rafael de Urbino en el retrato, todo esto siempre englobado dentro de un marco clasicista de simetría y orden, del predominio del dibujo sobre el color, del uso de la línea sinuosa, de una pureza de formas, y de pulidos acabados, donde las formas geométricas básicas predominantes continuaban siendo el triángulo (pirámide), la línea paralela y, en ocasiones, también la línea diagonal.

Las tipologías pictóricas que acuñó fueron: la de la pintura de historia, la pintura mitológica y la de la pintura de retrato, aunque también realizó algunas obras paisajísticas, al quedar fascinado con los cuadros de Constable y la escuela paisajística inglesa.

Ingres conocía las lecturas clásicas y también las contemporáneas y buscó inspiración en ellas, así como en lo exótico y orientalizante que era tan del gusto de algunos artistas románticos. Este tema se escaparía a lo que por líneas generales la Academia consideraba clasicista, aunque con algunas reservas; y sin embargo, a Ingres llegó a obsesionarle el tema de retratar el desnudo femenino de tipo orientalizante hasta casi el final de su vida.

Pero es en la representación de los diferentes personajes, en los aspectos psicológicos, donde la personalidad del pintor sale a relucir; era un autor extremadamente técnico, muy minucioso, e incluso inflexible con algunos de sus discípulos en cuanto al uso de la técnica, sin embargo, por otra parte, era muy expresivo y muy personal en cuanto a lo que quería mostrar o expresar con sus obras, y se daba la libertad suficiente para llevarlo a cabo. De Ingres, artistas posteriores destacarían el valor que le daba a la mirada, y cómo conseguía que detrás de un cuadro de aparente actitud comedida pudiese existir todo un enigma.

Algunas de sus obras más importantes:

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“Bañista de Valpinçon”

(1808- Museo del Louvre, París) 

Óleo sobre lienzo de tema orientalista, de líneas sinuosas, dibujo exacto y pureza de formas. Representa a una mujer bañista desnuda de espaldas, con motivos arabescos propios como el uso del turbante. La composición destaca por la monumentalidad del cuerpo de la mujer, que es el que predomina en espacio dentro del cuadro; en el tratamiento de las extremidades, y en cómo usa la iluminación para darle mayor presencia a la acción que al resto de elementos.

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“Júpiter y Tetis”

(1811- Museo Granet, Aix-en-Provence) 

Óleo sobre lienzo de tema mitológico, Ingres se inspira en el tratamiento del mito de Zeus y la Nereida Tetis, que hace Homero en el primer canto de su Ilíada. El mito cuenta como Tetis, atendiendo la demanda de su hijo Aquiles, suplica a Zeus (Júpiter) para que haga vencer a los troyanos y proteja así a su hijo. Este cuadro no gustó demasiado a la Academia, ya que rompía un poco con las proporciones que el clasicismo buscaba conseguir representar, sin embargo, Ingres presenta a Júpiter como Dios entronado, de forma monumental evidente. Tanto el acabado pulido como el predominante uso del dibujo sobre el color la sitúan dentro del estilo académico propio del autor.

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“La Gran Odalisca”

(1814- Museo del Louvre, París)

Óleo sobre lienzo de tema orientalista, Ingres pinta a una mujer desnuda de espaldas, girando el rostro hacia el espectador. Este cuadro fue encargado por Carolina, la hermana de Napoleón y reina de Nápoles como un pendant, este es un cuadro que forma pareja con otro, en este caso otro desnudo. Se expuso en el Salón de París de 1819. El uso del alargamiento del cuerpo como canon estético se lo debe a la influencia manierista, la dulzura del rostro a Rafael de Urbino, y el tratamiento de las telas y el uso de colores vibrantes a los venecianos. Sin embargo, el clasicismo siempre asoma en sus obras, y se puede ver en la minuciosidad del trazado, en los colores pulidos, en la forma de la composición.

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“La Apoteosis de Homero”

(1827- Museo del Louvre, París)

Ingres recibió numerosos encargos a lo largo de su carrera como pintor. En 1826 recibió el de realizar la decoración del techo de la “Sala de Clarac” del Museo de Carlos X (luego Museo del Louvre) y para ello realizaría “La Apoteosis de Homero”, una obra muy elaborada que surgió de un detenido estudio y para la que contó con la colaboración  de expertos arqueólogos para su consulta, y de algunos de sus discípulos para su creación.  En ella aparecen los artistas más y literatos más representativos de la cultura universal presididos por un Homero laureado que acoge esa variada galería de creadores. Concebida como un cuadro vertical que luego se despegó del techo, esta obra es quizás, y dicho por el propio Ingres: “la obra más bella e importante de mi vida artística”. Estilísticamente, se trata de un óleo sobre lienzo de enormes dimensiones, de clara influencia clásica y de aspecto monumental. El grupo central está inspirado en el relieve: “la apoteósis de Homero” de Arquelao de Priene (siglo III a.C.) conservado en el British Museum de Londres;  y también con claras referencias a Rafael de Urbino y su “Escuela de Atenas”, y a la obra de A.R. Mengs de “El Parnaso”. La composición del cuadro es de estructura piramidal, en el centro del mismo se sitúa el laureado Homero y alrededor de él se sitúan el resto de personales de la acción. El tratamiento de los colores es algo novedoso respecto al estricto clasicismo de la época, denota mayor libertad y conocimiento, tanto de la teoría de la complementariedad, como del valor simbólico del mismo. Sin embargo, el tratamiento de los rostros sigue siendo algo frío y comedido lo que nos sitúa aún en una etapa académica del artista.

“El Baño Turco”

(1862- Museo del Louvre, París) 

Óleo sobre lienzo de tema orientalista. Sin duda su obra más famosa. La realizó casi al final de su vida, con la madurez y la experiencia artística que le otorgó el paso del tiempo y el conocimiento de otros maestros románticos europeos. Posee resonancias clásicas, pero las figuras de desnudo femenino están inmersas en un ambiental oriental de evidente sabor romántico, y se confunden entre sí formando un complejo y sinuoso arabesco. Hay una fuerte carga de sensualidad potenciada por la atmósfera, cálida y vaporosa, y por el contraste de los cuerpos pálidos con las escasas notas de color intenso. Destacar, tal y como ya hizo en la realización de sus cuadros de desnudos femeninos anteriores su gusto por la deformación o el alargamiento anatómico al modo manierista. El uso de la expresividad sigue siendo ciertamente comedido a pesar de la marcada sensualidad y el modelo de mujer representado es similar al que realizó para otras composiciones, de hecho en el primer plano del cuadro, la mujer que sostiene un instrumento musical y que porta el turbante, es cuasi idéntica a la modelo que retrató para “La Bañista de Valpinçon”.

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Habitando el susurro.

“Tu corazón está más enfermo que mi cerebro,

y no puedo seguir ligado a él si sigue así de ciego.

No puedes ver como es, claro, porque no puedes mirar hacia adentro,

tal como yo tampoco puedo ver todo lo que hay de honesto aquí en lo nuestro.

Pero no deja de ser lo mismo visto desde otros espejos,

tú no puedes sentir, y yo soy incapaz de ver que no hay más que esto.

Un “dejémoslo así” hoy no nos va a decir mucho,

porque aunque evocásemos lo que fue,

siguiésemos así,

o esto evolucionase en algo distinto,

es igual, nos está dejando sin aliento.

Un “dejémoslo así” ahora quizás solo signifique lo que ya ha hecho,

dejar de existir existiendo.

Porque un tú y yo ha dejado de existir existiendo,

morimos antes de empezar de nuevo, de hecho.

No puedo verlo todo feliz, porque pende de un hilo,

y hace ya tiempo que soy precavida antes de acabar cayendo.

Contigo parece que todo signifique acabar perdiendo,

estando o dejando de estar, amando o dejando de amar,

y no seré yo la que busque la desconexión absoluta, no es lo que siento,

pero conforme más me voy queriendo yo, menos voy queriendo esto.

“Nunca te dejaré solo” se podría grabar en mi epitafio eterno,

si sigo así igual puede que algún día se convierta en realidad si no hago algo al respecto.

Intentar que lo entendieras era todo lo que necesitaba en el pasado,

pero ahora ya para qué, no tiene demasiado sentido hablarle a un árbol.

No voy a dejar de luchar o de soñar, que para mí es lo mismo,

porque por mucho que me arrepienta de muchas cosas estoy en paz conmigo.

Ya no espero nada te lo aseguro, no estoy tan ciega,

pero ojalá algún día caigas en que hubo quien estuvo ahí aunque no te dieras cuenta.

Todo me suena a despedida cuando tiene que ver contigo,

y nunca he sabido despedirme, ni siquiera cuando mi felicidad dependía de ello.

No te diré hasta luego, no te diré adiós, pero en mi corazón ya no habitamos, ya no

y el hasta luego es solo un susurro lejano que en el aire quedó,

Y como buen susurro lejano a veces oírlo es costoso,

a veces creo que me estás llamando a mí, pero caigo en que fue solo el viento,

o a momentos sé que me estás llamando pero el susurro ya se nos ha convertido en eco,

y de qué nos serviría mantenerlo…

¿acaso es que lo hacemos?”

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Piscis.

Navega continuamente posando su mirada en la luna,

bajando de ésta a tierra para ver su reflejo en el agua.

Consciente siempre de la belleza,

y de las posibilidades que entraña soñar despierto todo el día,

a menudo se muestra perezoso de enseñar lo que esconde tras su enigma.

Pareciese que no necesitase ver para ver,

y es que aunque fuera difícil de creer, así es;

con los ojos cerrados puede intuir que va a cambiar y que va a permanecer,

aunque luego acabe decidiendo no mover ficha.

Todo (in)fluye en su vida, así como también fluye su imaginación;

ahora la calma se apodera de la habitación,

pero no del corazón, que está en llamas;

y con cada pequeño destello de pasión ten por seguro que puede crear la mayor cosa jamás creada.

¿Le basta entonces sentir la fantasía para vivir, o quizás vive en ella cuando

le cuesta vivir la vida cotidiana?,

buena pregunta:

todo indica que aunque la huida le suene bien, con su idealismo lucha,

pues desde abajo puede verlo todo mejor y cambiarlo por hacerlo un poco más justo,

para que le sea más fácil sobrellevarlo,

poco o nada le gusta el conflicto.

Y por nada en el mundo lucharía contra aquello que no le inspirase amor,

porque es con él, sin duda, cómo se siente mejor;

por ésto es que todo el tiempo le está envolviendo ese halo de satisfacción,

por saber que el amor está en todos lados, y que nunca le abandona esa sensación.

Es síntesis, pero también dualidad antagónica,

se debate perpetuamente entre el yin y el yang,

entre lo que esconde y lo que muestra,

y entre lo que construir y lo que derribar.

Pero es quizás porque conoce tan bien las dicotomías

que sabe asumir con entereza los cambios en su vida.

Seguramente le llegues a ver feliz aunque en el fondo esté triste,

pues sabe que ha de seguir aunque ahora esté siendo difícil.

Y puede también que con su ensoñación parezca estar ausente,

pero créeme que les bastará un segundo en que le demandes amor para estar presente.

Ayudará al prójimo si se presenta la ocasión,

pues así es como haya su propio valor.

Viviendo por y para el romanticismo,

el romanticismo trasciende los principios establecidos;

pues no es convencionalmente como entiende el mismo.

Muchos confunden su ternura con infantilismo,

cuando no saben cuán intenso puede ser

y cuanta visión de realidad alberga su mundo.

Sensual por naturaleza, fundiría su llama con el universo si llegase a hacer falta;

tremendamente sencillo disfrutará de cada estímulo si se le presenta,

sin duda alguna su hipersensibilidad te hará distinguirlo a simple vista,

y no con el tiempo, no hará falta, sino nada más hacer acto de presencia.

Mirará todo con eternos ojos de niño, aunque por dentro posea un alma vieja,

pues está curtido por los reveses de la vida

y por todo lo que aprendió de ella.

Individuo raro hoy en día, sin duda

quizás pueda sentirse perpetuamente a contracorriente,

pero no por ello renunciará a ser quien es,

tiene clara su valía.

Pececillo de colores que nada en un mar en blanco y negro,

en direcciones opuestas unidas por un mismo hilo conductor:

el de reiniciar(se) una y otra vez si se requiere;

recordándo(le) al mundo que reinventarse está bien,

y que nada cambia si nada evoluciona.

Sacando a la gente de las costumbres,

les permiten cuestionarse a sí mismos,

para que descubran así otros caminos hacia el crecimiento,

para que descubran así otros caminos hacia su espiritualidad propia;

seguramente ésto pase a la vez que se esté recordando lo importante que es para sí permanecer conectado al suelo,

y que también en lo cotidiano puede hallar felicidad, aunque a veces sea incapaz de verlo.

Piscis, pececillo de colores que nada en direcciones opuestas,

la contradicción inunda tu existencia,

y sin duda alguna, aunque lo omitas, ese será por siempre el alma máter de tu esencia.

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Eco y Narciso.

“Fuimos hiedra al inicio,

ahora sólo Eco y Narciso.

Fuimos tarde,

y ahora tan sólo aire que baila al unísono.

Quizás no llegue hoy,

quizás lo haga más tarde, sí,

en ese futuro en que no nos quede ya más nadie.

Ahí será cuando nos encuentren difuminados el tiempo y el espacio,

con cada recuerdo atormentado,

agazapados por el miedo a repetir los errores del pasado.

Entonces me morderé la lengua con los labios,

para sentirlo todo un poco menos,

o quizás también un poco más real después de aquello.

Aunque no sea lo que queramos en este momento,

el silencio irrumpirá en la escena como un viejo conocido,

y no nos dará tregua si es lo que pedimos,

pero nos otorgará claridad,

esa que con el tiempo perdimos.

Pero ni con esas nos diremos adiós, no,

quizás hasta luego;

y será lo mismo porque continuaremos como siempre hacemos:

suponiendo más,

olvidando menos,

sintiéndonos más vivos que al principio.

Y que digo yo:

para qué querremos tanta intensidad si nos está dejando vacíos.

Es paradójico a veces gritarle al viento que lo quiero ver feliz, aunque no sea juntos.

Porque aunque a veces me cueste reconocerlo,

creo que es juntos cuando mejor vemos el mundo.

Y no quiero que me diga que sí a todo, sería absurdo,

igual que no se lo diría yo a él cuando quisiera oírlo.

Supongo que no querría un te quiero temporal ahora si hemos vuelto al inicio,

como tampoco querría un “vengo para removerlo todo en tan sólo un instante”,

porque me dejaría rota otra vez de tanto esperarle.

Pero esto da igual si el otro vive en la distancia asegurándose el desenlace,

desde luego que esa no es manera de vivir ni de recrearse.

¡Y qué más me gustaría a mí que no hubiesen más desenlaces!,

eso significaría que habríamos conquistado todos nuestros desastres,

pero no, no se irán de nosotros si nos seguimos empeñando en tapar cada bache.

Debe ser que no te das cuenta de que si todo te importa tan poco no vuelves a ello,

da igual que sea un pasatiempo,

te aferras a esto como yo me aferro.

Supongo que es tan fácil como saber que

si te importa todo menos que nada,

mejor sería que viniera otro a llenar el espacio

y así cerrar este cuento

Pero nada parece cambiar nunca entre nosotros,

ni siquiera hundiéndonos.

Y es que yo ya no quiero que venga otro, ¿sabes?,

porque no sería tú

y por lo tanto no tendría con quien discrepar de casi todo.

Tampoco tendría la opción de crecer,

ni de ver el mundo con otros ojos,

y siempre me pareció que no existía mejor manera de crecer que cambiar de foco.

Ahora me sentaré aquí a terminar este texto como a menudo hago,

la diferencia es que hoy ya no necesito evocar,

hoy tan sólo redacto:

Que fuimos hiedra al inicio,

ahora tan sólo Eco y Narciso.

y que “fuimos”, hoy, ya no nos significa pasado,

puede que sí lo haga en un futuro, el tiempo dirá si cercano.”

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Julio Cortázar

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Hablemos de Julio Cortázar…

Julio Cortázar nació el 26 de agosto de 1914 en Ixelles, Bruselas (Bélgica). Hijo de padres argentinos, durante los primeros años de su nacimiento vivió junto a su familia en Suiza y Barcelona, a la edad de cuatro años se trasladó finalmente a la ciudad de Buenos Aires (Argentina) donde viviría gran parte de su vida.
Cortázar solía hacer recurrentes referencias a que durante su infancia no fue del todo feliz, y a esta infelicidad marcada por la marcha de su padre cuando él tenía seis años, se le sumaron algunos problemas de salud que le tuvieron en cama largas temporadas, fue ahí en el momento en el que nace un ávido lector. Durante toda su infancia devoró libros de autores como Víctor Hugo, Julio Verne o Edgar Allan Poe. También fue un escritor precoz, a la edad de nueve años ya había escrito su primera novela, y algunos cuentos y sonetos.
 Realizó sus estudios de primaria en la Escuela Nº10 de Banfield, al sur de Buenos Aires, donde él vivía. Tras esta etapa de formación se hizo maestro en 1932, y ejerció como profesor de letras a partir de 1935 en la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta.
Durante toda su juventud, Julio tuvo un especial interés en ver combates de boxeo, él lo describía como un deporte que se basaba en la valentía y la superación con la que se conseguía vencer en la batalla, eliminó la parte sangrienta y colérica vinculada a éste. Fue también durante esta época, a los diecinueve años cuando Cortázar leyó: Opio, diario de una intoxicación de Jean Cocteau, traducido por Julio Gómez de la Serna, y cuyo prólogo hizo su hermano Ramón, autor también se renombre; fue en ese instante en que quedó fascinado con la literatura de manera definitiva y de las posibilidades de la escritura, desde entonces se convirtió en su libro de cabecera, libro que le acompañaría gran parte de su vida.
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A partir de entonces comenzó sus estudio de filosofía en la Universidad de Buenos Aires, aunque sólo llegó a acabar el primer curso, ya que comprendió que tenía que trabajar y ayudar a su madre, se dedicó así a dar clases de literatura en Bolívar, Saladillo y Chivilcoy, durante estas estancias en diferentes ciudades no dejó de escribir y en entre los años 1933 y 1934, residiendo en Chivilcoy participó en la realización de un texto cinematográfico de unos amigos cineastas y fotógrafos de la ciudad, elaborando el guión de la película: La Sombra del Pasado. En 1944 se mudará a la ciudad de Mendoza, en cuya Universidad Nacional de Cuyo impartió cursos de literatura francesa.
A partir de entonces comenzó la etapa en que se empezasen a publicar sus primeros escritos. Así, en 1946 se publicaría su primer cuento denominado “Bruja”, en la revista Correo Literario. Julio Cortázar fue también un activista político, y viviendo en Mendoza se manifestó en contra de la gestión de Juan Domingo Perón, al ganar éste las elecciones decidió renunciar a su puesto de trabajo y trasladarse de nuevo a Buenos Aires. Ya allí recopilaría todos sus primeros grandes cuentos bajo el título de La Otra Orilla. En Buenos Aires comenzaría a trabajar en la Cámara Argentina del Libro y esa mismo año publicaría su cuento: “Casa Tomada”, en la revista: Los Anales de Buenos Aires, dirigida por Jorge Luis Borges, así como también un trabajo sobre la obras del escritor John Keats, “La Urna Griega en la poesía de John Keats” en la revista de Estudios Clásicos de la Universidad de Cuyo.
En 1947 colaboraría con varios revistas, entre ellas Realidad, donde publicó un importante trabajo teórico “Teoría del Túnel”, y en la revista Los Anales de Buenos Aires, publicaría también un cuento denominado “Bestiario”.
Al año siguiente obtendría el título de traductor público de lengua inglesa y francesa, tras cursar durante unos intensos nueva meses estudios que normalmente llevaban unos tres años. Todo ese esfuerzo y estrés le llevó a tener síntomas neuróticos.
Sería en 1949 cuando Julio Cortázar firmó su primera obra como tal, se trataba del poema “Los Reyes”, y durante esa año escribiría también su primera novela Divertimento, que de alguna manera prefigura a Rayuela, que escribiría en 1963.
En 1950 escribiría su segunda novela, El Examen, rechaza por la editorial Losada de Guilermo de Torre. Esta novela se vería publicada como su primera novela ya en 1986. En 1951 publicó Bestiario una colección de ocho relatos que le valieron cierto reconocimiento en el ambiente local. Poco después, disconforme con el gobierno decidió trasladarse a París, ciudad donde, salvo esporádicos viajes por Europa y América Latina, residió el resto de su vida.
En 1953 contrajo matrimonio con Aurora Bernárdez, traductora argentina, la cual se convertiría en su primera esposa, con ella vivió en París de manera un tanto precaria hasta que en 1960 le propusieran traducir la obra completa de Edgar Allan Poe al español para la Universidad de Puerto Rico. Con ella vivió en Italia terminando de traducir la obra de Poe y acabando una nueva novela. Finalmente la relación acabó en 1967, fue ahí cuando conoció a otro de sus grandes amores la lituana Ugné Karvelis, con ella nunca contrajo matrimonio, pero le inculcó un gran interés por la política.
Con su tercera pareja y segunda esposa, la escritora estadounidense Carol Dunlop realizó numerosos viajes e incluso llegó a escribir un libro conjunto Los autonoutas de la Cosmopista sobre uno de sus últimos viajes de París a Marsella.
En este viaje ambos estaban enfermos, habían contraído una extraña enfermedad que los hacía empezar a tener los primeros síntomas.
Hablar de Julio Cortázar es hablar también de su implicación política, que acabaría por asomarse en su obra especialmente tras su conocimiento de la Revolución Cubana en 1963. Ese fue el mismo año en el que vería la luz su obra más famosa y aclamada: Rayuela. Cabe destacar que el compromiso político de Julio era tal que destinó gran parte de los fondos de derechos de autor de sus obras a donaciones para ayudar a los presos políticos.
En 1970 viaja a Chile donde se solidarizó con el gobierno de Salvador Allende. Al año siguiente, junto a otros escritores cercanos -Marcos Vargas Llosa, Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre- se opuso a la persecución y arresto del autor Heberto Padilla, deilusionado con la actitud del proceso cubano. Ese mismo año reflejó su sentir ambivalente hacia Cuba en “Policrítica en la hora de los chacales”, poema publicado en Cuadernos de Marcha. A pesar de ello, seguirá de cerca la situación política de Latinoamérica. En noviembre de 1974 fue galardonado con el Médicis étranger por el Libro de Manuel, y entregó el dinero del premio al Frente Unificado de la resistencia chilena. Ese mismo año fue miembro del Tribunal Russell reunido en Roma para examinar la situación política en América Latina, en particular las violaciones de los Derechos Humanos.
Entre 1976 y 1977 viaja a varias zonas de América Latina, Costa Rica y Nicaragua principalmente. Tras la Revolución Sandinista Cortázar escribiría unos textos exclusivamente dedicados a Nicaragua: “Nicaragua, tan violentamente dulce”.
Aunque Julio Cortázar es reconocido principalmente por su narrativa, escribió una gran cantidad de poemas en prosa y en verso. Colaboró en muchas publicaciones en distintos países, grabó sus poemas y cuentos, escribió letras de tangos y le puso textos a libros de fotografías e historietas.
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En 1981, Julio sufrió una hemorragia gástrica y salvó su vida de milagro. Nunca dejó de escribir, fue su pasión aún en los momentos más difíciles. En 1983 gravemente enfermo de un virus al que no se conocía cura, hizo un último viaje a Argentina, donde sería muy cálidamente recibido por sus admiradores, en contraste de la indiferencia de las autoridades nacionales que se negaron a recibirlo. Tras este viaje regresaría a París, donde François Mitterrand le otorgaría poco antes de su muerte la nacionalidad francesa.
Su esposa Carol Dunlop falleció el 2 de noviembre de 1982, sumiendo a Cortázar en una profunda depresión. Julio moriría el 12 de febrero de 1984 a causa de una leucemia, aunque hay quien afirma que el escritor moriría por una transfusión de sangre que se había realizado años antes en Francia para tratar una lesión en el estómago, esa sangre estaba contaminada, posiblemente tanto su esposa como él murieron por el virus del VIH.
Tanto Carol como él fueron enterrados en el cementerio de Montparnasse. La lápida y la escultura que adornan su tumba fueron hechas por sus amigos, los artistas Julio, Silva y Luis Tomasello. A su funeral asistieron muchos de sus amigos, así como sus ex parejas Ugné Karvelis y Aurora Bernárdez. Esta última fue la que cuidó al escritor en sus últimos meses de vida y donaría ya en 1993 a la Fundación Juan March de Madrid la biblioteca personal del autor, correspondiente a más de cuatro mil libros, de los cuales más de quinientos están dedicados al escritor por sus respectivos autores.

Incendio II.

De dónde venimos y a dónde hemos llegado es el motivo

por el que no pueda reconciliarme con el pasado.

Dime, ¿cuál es el motivo de tanto rechazo?

Desde luego, jamás seré lo que tú estabas esperando.

Caímos de la mejor manera y ahora estamos sobrepasando el fondo,

yo con dolor y llanto, y tú con odio por haberme amado.

En este mundo se comienza a sobrevivir cuando tras preocuparse por otro

olvidaste respirar para existir, ahí es cuando comienza todo.

Si creías que me volvería a destruir por quedarme cerca es que ya no me conoces demasiado.

Me ha costado mucho llegar hasta aquí, ya no me alcanza anteponerlo todo

a mí, ya no me escondo.

A ti siempre te faltó un poco de mi fuego, a mí siempre me faltó un poco de tu calma.

Y sin embargo ambos íbamos forraditos a traumas.

Por mucho que repitiese que te he olvidado sería mentira, porque a parte de no querer,

un pedazo de tu huella quedó aquí grabada en la herida.

Pedirte explicaciones ya no tiene mucho sentido para mí

cuando antes lo era todo, es paradójico.

Supongo que ya no espero del amor más que demostraciones de que es verdadero.

Jamás seguirá existiendo el amor cuando ya no importa nada,

y me repetiré ésto las veces que haga falta para creerlo.

Me explotó la cabeza cuando te oí decir que te iba a dar igual si un día yo

estaba muerta. Se llevó un poco de mí toda esa mierda.

-“Pues una menos” -decías-

Cuando bien sabes que tú no fuiste uno más en mi vida.

Aquí no veo un desequilibrio, veo miseria.

-“No lo hice nunca aposta”

Lo sé. Lo hacías porque te daba igual yo, que es diferente.

Búscame otra vez para restregarme por la cara lo feliz que eres con tu vida,

que sin duda yo me quedaré con la mía.

O quizás búscame por la confianza,

esa que según tú nunca tuvimos,

pero que ahora tenemos porque nos enredamos.

Te confundes todo el rato pensando que te odio o algo,

cuando no es verdad.

A ti no te odio,

odio que actúes de una forma tan absurda e injusta con el mundo.

Si por mi fuera hubiera dejado mi vida a un lado

con tal de vivir abrazada a tu cintura para siempre, como siempre hacíamos.

Sin embargo, me encontré con que antes de morir pensaba:

“espero que jamás me olvide, aunque no me recuerden otros”.

Cuando estás tan en el fondo te importa tan poco todo… y menos lo que

no es estrictamente necesario

y mi error fue que me importase demasiado el amor que sentí en el pasado.

Supongo que éste no dejará de ser otro texto más que nazca de la impotencia,

esa de no haberme merecido algunas cosas

y sin embargo tener de lidiar con ellas.

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El Cambio.

“Da igual, porque cualquier cambio es bienvenido.
Porque la vida es cambio, un cambio continuo,
y si no eres plenamente consciente de ello quizás
vayas a sufrir en el camino por no adaptarte a ellos.

Las circunstancias son muy fortuitas,
en seguida pueden darse la vuelta,
y aquí quien más se adapta es el que más reforzado sale,
no existe otro secreto
(creo que esto no es un enigma para casi nadie)

A veces no aceptar los cambios nada tiene que ver con ejercer resistencia sobre los mismos,
ni siquiera con el miedo,
sino que cuando se crea un vínculo aceptable con el medio,
con lo que ya se posee,
cambiar sin querer hacerlo,
por pura adaptación a lo que la vida te está reclamando
crea resistencia,
y con ello llega la huida
y la desadaptación.

Tomarse los cambios como parte de este viaje
ayuda a naturalizarlos,
a crecer un poco,
a soltar otro poco.
A desprenderse del pasado,
a ir ligeros,
A aceptar la adrenalina de empezar de nuevo.

Supongo que antes observaba los cambio con cierto recelo,
como con esas ganas imperiosas de terminar rápido con ellos
y quedarme anclada a lo que me aportaba sosiego.

Siempre fui muy intrépida con lo nuevo,
y he de admitir que más por inconsciencia que por deseo.
Pero quedarme con lo seguro no es que me aportara seguridad,
es que siempre temí quedarme atrás de mis compañeros.
Como quien va a paso de tortuga porque ha de asimilarlo todo,
para que no le rompa por dentro.
Sí, supongo que esa es la niña que siempre fui
y la que siempre seguiré siendo.

Nunca pensé llegar a ese punto en el que el borde te hace adaptarte a lo nuevo y renunciar a lo seguro,
pero desde luego llegó
y ya no me da miedo quedarme atrás,
porque puedo marcar mis tiempos
sin que eso me genere un conflicto,
sin que pese más de lo debido.

Pero no puedo soltar un discurso basado en mi propio caso personal y recomendaros que no les tengáis miedo,
que os dejéis llevar o que los veáis con el prisma correcto,
porque como bien decía Benedetti: “todo es según el dolor con que se mira” y vuestro camino es vuestro.
Sólo quiero que respiréis un momento y observéis a dónde os va a llevar resistiros a ellos, solo eso.

Y sí, ahora lo vivo todo al completo,
no veo la tristeza como sólo tristeza,
no veo la felicidad como tan sólo felicidad
de manera aislada,
al igual que no veo a la soledad como a eso a lo que llaman
soledad, ni creo en eso a lo que denominan amor ideal.
No se trata para mí de hacer distinciones, de meterlo todo en
compartimentos alejados unos de otros.
Si las emociones tienen su sentido también lo tienen las conductas que los acompañan,
si los cambios tienen que ver con las conductas,
y las conductas con los cambios entonces todo está hilado, conectado.

Si tenerle miedo al cambio sería temerle a vivir, entonces ya le no tengo miedo”.

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